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Los 500 años de La Habana, vieja y bella

Por (CNNEspañol.com)

Nota del editor: Jorge Dávila Miguel es Licenciado en Periodismo desde 1973 y ha mantenido una carrera continuada en su profesión hasta la fecha. Ostenta posgrados en Ciencias de la Información Social y Medios de Comunicación Sociales, así como estudios superiores posuniversitarios en Relaciones Internacionales, Economía Política e Historia Latinoamericana. Es de nacionalidad cubana y ha recorrido casi todos los niveles y labores de su profesión, desde reportero hasta corresponsal extranjero en prensa plana y radial, así como productor ejecutivo en medios televisivos. Como columnista, Dávila Miguel ha sido premiado por la Asociación de Periodistas Hispanoamericanos y la Sociedad Interamericana de Prensa. Actualmente Dávila Miguel es columnista del Nuevo Herald, en la cadena McClatchy y analista político y columnista en CNN en Español. Los comentarios expresados en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN Español) — El quinientos aniversario de la fundación de La Habana en aquel 16 de noviembre de 1519 es una gran festividad de la nación cubana. Todos sus hijos, independientemente de su ideología, deberían alegrarse del festejo. Glorifica una historia y una hermosura que les pertenece a todos, pero no es así. El significado de “nación cubana” está contaminado hoy de sustancias menos nobles que las necesarias para un concepto común de nación o patria. Ese ideal, que buscaría unir a los descendientes de un mismo suelo en su cultura, su sentir y su idiosincrasia por encima de los avatares políticos, se disipa hoy dentro de la confusión y el rencor. Se quisieran borrar períodos enteros, esenciales e indelebles. Para unos, antes del primero de enero de 1959 no existió nada digno ni beneficioso; para otros, después de ese mismo día cesó todo lo digno y provechoso en la nación.

Unos se enorgullecerán con las celebraciones en La Habana y otros las catalogarán como propaganda gubernamental. Muchos se esperanzarán cuando en la noche del 16 de noviembre se ilumine la cúpula enchapada en oro del Capitolio Nacional, mientras otros se complacerán de que allí nunca vayan bien los destinos de Cuba mientras brillen los colores del Partido Comunista. Es como lamentar la victoria del equipo nacional porque el presidente de turno no nos gusta.

Pero qué le vamos a hacer. La Habana es hermosa. Siempre lo fue, al lado de la costa y con sus piedras de cantería y mosaico de arquitecturas. Perla de la colonia española ayer y hoy perla de la nación cubana. Su casco histórico ha sido parcialmente restaurado, después del mucho descuido revolucionario y el tiempo, bajo el empeño de Eusebio Leal Spengler, católico y comunista, historiador y constructor, artista y carpintero. Pero unido, tal vez sin darse cuenta, aunque fuera en un instante, con otro amante de la ciudad, pero anticomunista y exiliado, antípoda escritor Guillermo Cabrera Infante, quien dijo que la isla de Cuba siempre sobrevivirá en otro amanecer del trópico a todos los embates que le causarán. Ya fueran hijos o extranjeros. Llámense Valeriano Weyler, Jaques de Sores o Donald Trump. La Habana como isla, la Isla como Habana.

No vale hablar de las bellezas de la ciudad sin sus miserias. La Habana es en su quinientos cumpleaños una ciudad rutilante, pero también una ciudad destruida. Sin la extraordinaria obra de Leal, apoyada en los últimos 25 años por los escasos recursos del Estado cubano y las donaciones internacionales, La Habana Vieja seguiría siendo como son hoy zonas de Centro Habana, Diez de Octubre y Luyanó –que no tienen el abolengo del casco histórico, pero son también La Habana. La ciudad profunda. Y allí vive la mayoría de los transeúntes que, cuando admiren la recién dorada cúpula del Capitolio Nacional iluminada en la noche, tal vez se pregunten cómo será su vida, si con agua corriente o no, en el próximo cumpleaños de La Habana.

Hay una frase muy chauvinista. Reza que no hay cielo tan azul como el de Cuba. Y todos los cubanos estamos completa y racionalmente convencidos de que eso es una perfecta verdad universal. La realidad se tiñe usualmente en la mirada y a ambos lados del Estrecho de La Florida habrá diversas perspectivas del gran cumpleaños habanero. Algunas serán hijas del rencor y la venganza. Otras del amor o del dolor. Muchas estarán animadas por el pasatiempo de la fiesta. Pero habrá una verdad común, inevitable, independiente del lamento o de jolgorio. Una realidad más cierta que la del cliché inmenso de aquel cielo. Cuando este 16 de noviembre se cumplan los quinientos años de La Habana, la conmemoración será, querámoslo o no, un tesoro para toda la nación cubana. De esa que nació india para ser española hasta ser afro-criolla y luego cubana hasta el día de hoy. La gloria de La Habana no pertenece a ningún mérito político, período, ideología o religión, concierne al simple y sereno concepto de nación, tan esquivo de entender por estos días.

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