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Mi primer terremoto en California fue aterrador. Pero el Gran Terremoto será mucho peor

Por Melissa Velásquez Loaiza

Nota del Editor: Jeff Yang contribuye con frecuencia a CNN Opinion, es escritor especial para Quartz y otras publicaciones y es coanfitrión del podcast “They Call Us Bruce”. Coescribió la autobiografía éxito en ventas de Jackie Chan: “I Am Jackie Chan”, y es el editor de tres novelas gráficas: “Secret Identities,” “Shattered” y la próxima “New Frontiers”. Las opiniones expresadas en el artículo son propias del autor.

(CNN) — “Dicen que uno nunca olvida su primera vez”, me envió por mensaje de texto un amigo poco después del terremoto del sábado en Ridgecrest, que llegó a 7,1 en la escala de Richter, entrando sin lugar a dudas en la categoría de “terremoto mayor”. Llevo media década viviendo en Los Ángeles; este fue el primer temblor significativo que he experimentado y, yendo a lo que decía mi amigo, la sensación fue aterradora y extraña.

Estábamos acampando en las montañas, a la vera del lago Piru en el condado de Ventura, a unos 240 kilómetros del epicentro. Mi hijo de 11 años y yo nos estábamos lavando los dientes cuando ocurrió el terremoto. Las puertas de los cubículos del baño comenzaron a mecerse de un lado a otro. El agua salpicaba en las piletas. El piso se sentía inestable, como de goma, como se sacude un bote durante una borrasca. Cuando corrimos afuera, los automóviles se bamboleaban hacia adelante y hacia atrás sobre sus ruedas y los árboles se balanceaban sin una brisa.

Mi hijo se aferró a mi cintura y cerró con fuerza los ojos. “¡Dime cuando haya terminado!”, gritó. En cuanto lo dijo, el temblor cesó.

  • MIRA: ¿Cuán grave fue el terremoto en California?

Nada se había dañado, nada se había caído siquiera. Pero cuando repasamos con la vista el campo, repleto de gente que se amontonaba a conversar nerviosa entre las carpas, había signos de cosas que podrían haber salido catastróficamente mal si el terremoto hubiera sido más cercano: un cable de electricidad se extendía sobre nuestras carpas y estaba amarrado a un poste sobre una elevación justo detrás de donde acampábamos. Una casa rodante que estaba al borde de una colina podría haberse caído. Estábamos en un área abierta a kilómetros de una ciudad, pero un terremoto mayor cercano podría haber provocado un caos.

Afortunadamente, no hubo muertes por el sismo de Ridgecrest y solo un puñado de heridas menores; la zona poco habitada en torno al epicentro sufrió cortes eléctricos y la ruptura de algunas líneas principales de gas, pero no se desbarató la infraestructura principal. Hubo un enorme contraste con el daño causado por el terremoto de Northbridge, en 1994: 6,7 en la escala de Richter, un 40% en tamaño y con un cuarto de la potencia del de este fin de semana, pero centrado a solo unos 50 kilómetros del mayor centro urbano de Los Ángeles. Ese sismo mató al menos a 57 personas e hirió a más de 8.700, de las cuales 1.600 requirieron hospitalización; a su vez causó US$ 20.000 millones en daños y US$ 49.000 millones en pérdidas económicas, con lo que se convirtió en uno de los desastres naturales más costosos de la historia de EE.UU.

Es aterrador pensar cómo sería en realidad uno “Grande”, centrado en una megalópolis urbana como Los Ángeles. En el 2008, la Sociedad Geológica de EE.UU. publicó un informe llamado “The ShakeOut Scenario” (algo así como “El Escenario de un Sacudón”), que estima el impacto de un temblor de magnitud 7,8, en el sur de la falla de San Andrés, que recorre Los Ángeles y atraviesa el Condado de San Bernardino, el quinto condado más grande de California, y Palmdale, la ciudad número 33 en población en California.

El cálculo de la devastación, según el informe, incluye varios miles de muertes, 50.000 o más heridos que requerirían cuidados de emergencia, unos US$ 213.000 millones en pérdidas económicas, rutas y autopistas infranqueables y al menos 1.600 incendios, de los cuales 1.200 serán demasiado grandes para ser contenidos por una única compañía de camiones de bomberos. (Hay tan solo unas 1.200 estaciones de bomberos en todo el sur de California).

La autora principal del informe, la doctora Lucile Jones, señaló en NPR que “[El terremoto de Northbridge] fue un acontecimiento que alteró en gran medida las vidas de la gente en el valle de San Fernando… durante uno o dos años. El gran sismo de San Andrés alterará las vidas de todos en el sur de California y podría llevarnos décadas recuperar lo perdido”.

No dijo que “podría alterar”, dijo que “alterará”. Porque el Gran Terremoto es inevitable, y muy probablemente ocurrirá durante nuestras vidas. Según la Sociedad Geológica de EE.UU., hay un 50 por ciento de probabilidades de que ocurra un terremoto de magnitud mayor a 7 en el área de Los Ángeles en los próximos 30 años, y un 31% de probabilidades de que se produzca uno de magnitud mayor a 7,5.

Pero al menos podremos tener una advertencia justo antes de que llegue.

Los Ángeles ahora tiene una función de alerta diseñada para advertir unos 30 a 60 segundos antes de un temblor mayor, incorporado a una aplicación llamada ShakeAlertLA. El sistema usa datos provenientes de una red de sensores gestionada por la Sociedad Geológica de EE.UU. en la costa oeste.

Desafortunadamente, este sistema ha sido señalado por el presidente Trump como un objetivo a eliminar: en las últimas dos propuestas presupuestarias ha dejado en cero los fondos para el sistema de alerta temprana de la Sociedad Geológica de EE.UU. El ahorro en el recorte: solo US$10,2 millones. La eliminación del programa de riesgo sismológico fue explicada como un redireccionamiento de los fondos para “cubrir mayores prioridades”.

¿Qué mayor prioridad podría haber que prevenir miles de muertes y hasta 250 billones en pérdidas financieras en el estado más poblado del país, un estado que regularmente vota por los demócratas en las elecciones presidenciales?

Bueno, irónicamente, este fin de semana del 4 de julio, mientras Ridgecrest experimentaba un “premonitor” de magnitud 6,7 que precedía el sismo de 7,1 del cinco, Donald Trump se autocelebraba en la Explanada Nacional, con una exhibición grotescamente narcisista de desfiles militares que costaron millones.

Si bien la Casa Blanca se rehusó a brindar una estimación del total, The Washington Post reveló que el Departamento del Interior -que controla la agencia de la Sociedad Geológica de EE.UU.- invertiría más de US$ 3 millones de su presupuesto para los “Conciertos en el Capitolio” durante el evento, mientras que desviaría otros US$ 2,5 millones de dólares del Servicio de Parques Nacionales para sumar al fondo común.

Los costos de los sobrevuelos y de las exhibiciones de tanques de Trump se han estimado como “bastante más de un millón” para el Departamento de Defensa. Agreguemos los costos de seguridad y manejo de multitudes, la limpieza, la seguridad contra incendios por los fuegos artificiales y nos acercamos casi a los US$10,2 millones que Trump sigue recortando ferozmente de la manutención de nuestro sistema de advertencia temprana de terremotos.

Parece que Trump tiene bien en claro cuáles son sus “mayores prioridades”.

Los californianos son resilientes. Mi amigo Andrew dice que estaba viendo una película en el lado oeste de Los Ángeles cuando se sacudió la ciudad. “La mitad de la sala de cine huyó”, se ríe. “Solo los californianos nativos se quedaron”. Pero cuando llegue el Gran Terremoto, el costo para California, el estado más poblado y de mayor importancia económica en Estados Unidos, será astronómico, en vidas y en dólares. Y la única forma de disminuir el desastre es invertir en ciencia, infraestructura y preparación básica. Como el alcalde de Los Ángeles, Eric Garcetti, le dijo a NPR: “estamos mejor preparados para el grande, mejor que cualquier gran ciudad en Estados Unidos, lo que quiere decir, que estamos penosamente poco preparados”.

Alguien debería decirle al cerrador de acuerdos en jefe que unos millones para salvar miles de millones es un trato bien bueno.

(Traducción de Mariana Campos)

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